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Con bastante frecuencia en un mundo cada vez más globalizado – y por qué no decir desinformado por la hiperinflación discursiva – se tiende muchas veces, y creo de manera errónea, a etiquetar en parámetros estancos la política contemporánea mundial. Nociones como izquierda o derecha y hasta centrismo político, se diluyen cuando se observa a fondo que los valores republicanos y liberales (me refiero al liberalismo político), son considerados cada vez en mayor o menor medida, menospreciados y hasta denostados por la posmodernidad.

Las pasadas elecciones en el Perú, son un caso paradigmático para contrastar lo antes enunciado. Dos rivales, presumiblemente uno de derecha y otro de izquierda, pero que en realidad son profundamente conservadores. A este conservadurismo, no sólo peruano, sino andino y latinoamericano en general, ha dedicado buena parte de su obra el argentino-boliviano H.C.F. Mansilla. Y toda esta historia viene de mucho tiempo atrás.

Ya con mucha razón decían en otras palabras Mansilla y el propio Octavio Paz, que como herederos de la tradición ibero-católica, muchos países de América Latina transmitieron en buena medida una atmósfera altamente reaccionaria y contraria al progresismo, y los valores de la libertad, fraternidad e igualdad. Quizás los casos más paradigmáticos de democracia altamente sostenible en el tiempo, y una verdadera excepción, sean Uruguay, y en menor medida, Costa Rica.

Por las razones antes anotadas, ciertamente aprecio una diferencia abismal entre la filosofía política enseñada en las aulas universitarias y grupos de tertulianos de algún espectro político, y la política real.

Sería mejor, por ello, pienso esta vez en voz alta, que las universidades formadoras de futuros líderes, intelectuales, artistas, librepensadores, deberían al menos escalar en no repetir de memoria conceptos tales como “Foucault lo dijo para la sociedad internacional”. En realidad, la vida y obra de un hombre gigantesco como Voltaire, para poner otro ejemplo, no puede como erróneamente se pretende alguna vez equiparar a algún intelectual revolucionario latinoamericano. Y en el terreno práctico, hay una brecha gigantesca ya no sólo entre los países europeos y Latinoamérica en lo que respecta a la forma de hacer política. Todo ello se observa con meridiana claridad, cuando constatamos que la Internacional Socialista ha decidido expulsar de sus filas al FSLN de Nicaragua, por una abierta e irrefutable inobservancia de su carta fundacional.

Ni qué hablar del liberalismo económico: lo que en Europa o Asia Oriental representa una tendencia marcada hacia el consumismo inherente a una sociedad capitalista “deshumanizada”; en América Latina, el mismo concepto tiene sus variantes, por el mismo hecho que la historia misma no es ni mucho menos lineal: pedir estatizaciones ortodoxas en muchos países de Latinoamérica ha supuesto la debacle en términos reales, porque hay una fuerte ligazón de intereses comerciales a nivel global.

A sabiendas de uniformizar la política internacional, se constata por otra parte, que los bloques geopolíticos tienen ciertamente satélites a nivel planetario. Trátese de China y Rusia, por un lado; y por el otro la OTAN, por poner solamente algunos ejemplos.

En consecuencia, lo más saludable creo de manera comprometida, sería que Iberoamérica tienda a una reflexión puntual, serena y libre de dogmatismos o recetas filosóficas, y bajar a la realpolitik para constatar en qué medida hay avances, retrocesos, o simplemente “oquedad de pensamiento”.

El siglo XXI, se enfrenta a retos como el capitalismo deshumanizado, pero también el autoritarismo, el totalitarismo, la falta de respeto de los derechos humanos; y en definitiva, es preciso que los intelectuales comprendamos nuestro nivel de acción desde la comparación plural de la filosofía política, y por supuesto, la evidencia ya fáctica y no elucubrada de la vida.

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