Dentro del espectro político me ubico en el centro político según el test de Nolan. Ello significa, al menos para mí, que es prudente entre otras materias: a) una menor intervención del Estado en la economía y la sociedad en su conjunto; b) la apertura al libre mercado con determinadas reglas del derecho de la competencia; c) el respeto irrestricto de los derechos humanos, la democracia representativa, y el Estado democrático de Derecho; d) el favorecimiento a la inmigración, el multiculturalismo; e) el rompimiento de las barreras nacionales – o chauvinismos – promoviendo el internacionalismo en materia de política local y exterior; f) la no intromisión de ninguna confesión religiosa en asuntos de gobierno y el afianzamiento del Estado moderno laico.

En términos más prácticos, por decirlo de alguna manera, ser de centro político en una América Latina tan polarizada por extremos, equivale a enfrentarse a dos monstruos de mil cabezas: la izquierda radical que promueve el totalitarismo y el “mundo devastado” que ello conlleva, sin democracia ni libertad de empresa, con presos, pobres y exiliados políticos; y en el otro frente, la ultraderecha, que es muchas veces conservadora, xenófoba, practicante de la no inmigración, y además, de una determinada moralidad o confesionalidad.

Ojalá hubiera un amplio debate y formación sobre el espectro político en América Latina, y particularmente en países como Bolivia, Chile, Argentina, Brasil, Uruguay, Perú, y la casi totalidad de los territorios que conforman esta parte del mundo.

Estoy casi seguro, que la gran mayoría no es como asegura decir, de izquierdas, ni de derechas, sino de centro político, aunque en verdad no lo sabe, o sencillamente, no lo analizó aún a fondo. También subyace otro problema de consideración. Y es que culturalmente cada país tiene una historia política que contar. No es lo mismo, en otras palabras, hablar de la independencia y separación de poderes – por poner un solo ejemplo – en Cuba, Venezuela, Uruguay, Bolivia o Brasil.

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