foto izquierda política

Winston Churchill decía: “el que no es de izquierda a los 20 años no tiene corazón, pero el que a los 40 lo sigue siendo, no tiene cerebro”. Tuvo en partes razón. He cumplido hace poco 43 años, pero creo que todo lo que he escrito hasta el 2011 fue producto de enormes errores de apreciación, por decir lo menos.

Durante los inicios de mi carrera periodística en medios de prensa bolivianos, el año 2003, tuve la ocasión de conocer a muchas personas ligadas a la izquierda política; algunos más y otros menos radicales.

Eran años juveniles en los que pretendía “cambiar el mundo” a través de mi pensamiento. ¡Vaya inmadurez!. Y así, conocí a figuras de la talla de Andrés Soliz Rada, el político español Alberto Montero, y otros muchos intelectuales de la izquierda nacional latinoamericana radicados, principalmente, en Argentina.

¿Cuándo cambió todo?. A mis treinta y tres años. Comprendí, ya viviendo en el Uruguay – dónde resido hace más de once años – la magnitud del descalabro humano, social, económico y cultural que se desgrana de la izquierda.

Pienso, no obstante, que puede haber cabida para entablar un diálogo con una socialdemocracia moderna que no incluya dentro de sus postulados la nacionalización de sectores de la economía, las reformas constitucionales propiciadas para alentar el etnocentrismo y la ideología etno-nacionalista. No obstante, la cercanía no pocas veces frecuente entre la socialdemocracia y la izquierda radical (tal el caso del PSOE y PODEMOS de España), me hace creer que la izquierda en su conjunto (incluida la centroizquierda) se halla ya bastante viciada.

Prueba de ello, es el desplome histórico del PSOE y PODEMOS en España en las elecciones madrileñas recientes, pero también la notoria dimensión del descalabro argentino.

El centrismo político puede resolver de mejor manera los problemas y las necesidades de la sociedad en su conjunto, puesto que ya nadie se fía de la izquierda política; su tendencia clara y definitiva es la demagogia, en otros casos el populismo, y en el peor de los escenarios, la calamidad social.

Ni para qué hablar de Cuba o Venezuela. Son regímenes totalitarios que además han hundido a sus países en una depresión económica e irrespeto gravísimo de los derechos humanos.

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