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En una anterior publicación exclusiva para la Revista El Mono Gramático, referí aquella influencia o camino inconsciente y protagónico de la obra de Octavio Paz en mi poesía.

Una serie de entrevistas hechas al nobel de literatura y reproducidas en su totalidad por el Fondo de Cultura Económica de México, me llevó a la conclusión – ¿o iniciación? – de una ruta de lectura y conversación con el poeta, en el afán de una futura obra que se intitulará: “Lecturas de Octavio Paz”; donde reuniré la totalidad de artículos y ensayos a propósito de lo que a mi cotidiano entender tiene mayor relación con lo ya vivido y el descubrimiento de nuevos horizontes comunes.

En el inicio de Vislumbres de la India, Paz escribe antes de su llegada a Bombay a bordo del Battory:

… me conmovió presenciar y oír la misa cantada por aquellas monjas y los dos sacerdotes la mañana de nuestro desembarco… Frente a nosotros se alzaban las costas de un país inmenso y extraño, poblado por millones de infieles, unos que adoraban ídolos masculinos y femeninos de cuerpos poderosos, algunos con rasgos animales, y otros que rezaban al Dios sin rostro del islam. No me atreví a preguntarles si se daban cuenta de que su llegada a la India era un episodio tardío del gran fracaso del cristianismo en esas tierras…

Octavio Paz, Vislumbres de la India.

Ciertamente, Paz nunca entendió su obra literaria dentro de los márgenes de la religión. Hijo de una madre devota católica, un padre liberal y un abuelo masón, el poeta se sumergió fácilmente en un mundo casi inexplorado por las letras hispánicas, y entendió su ateísmo, no como una antideísmo; sino – muy probablemente – como una significación búdica del silencio y la negación del yo.

En efecto, María Embeita preguntó al autor de El Laberinto de la Soledad, acerca de si la religión fue un elemento importante en su formación artística. El poeta respondió:

No lo creo. Claro, tuve ideas religiosas, pero no muy ardientes… El tránsito del liberalismo fue simple para mí”. Y ante otra pregunta de su interlocutora añadió: “… para mí el problema no es matar a Dios, sino encontrar en la no existencia de Dios una nueva certidumbre. El ateísmo occidental es realmente antideísmo: negamos a Dios con la misma obstinación con que los cristianos lo afirman. Lo que nos preocupa es el Dios único, el Dios judeocristiano. Pero hay tradiciones en las cuales no hay un Dios creador único. Por ejemplo, en Oriente, ¿no?. Es lo que me apasiona de Oriente: la posibilidad de un ateísmo no antideísta. En lugar del Dios único hay una red de relaciones, una realidad impersonal. Pues bien, si hay ausencia de persona divina también desaparece el yo. Por todos lados, ya sea por el de la creación artística (inspiración), o por la idea de u inconsciente racional o por el de este redescubrimiento del pensamiento oriental – especialmente del budismo – vemos indicaciones de un cambio fundamental en Occidente: la desaparición de la idea del yo. Esa idea fue uno de los pilares de nuestra civilización y hoy sufre una mutación radical. De nuevo: entramos en otro tiempo que es, en cierto modo, un regreso…

La gran lección del budismo es su reflexión sobre la negación. Nosotros vemos la nada como lo opuesto al ser. Quizá no lo sea. Quizá el ser se disuelve en la nada. Pero nada es una palabra inexacta. Sería mejor decir súnyata, vacuidad. Es una palabra que designa una realidad que no es ser ni no-ser. Algo que no pueden definir las palabras: sólo el silencio. En esa vacuidad no interviene ninguna idea de eternidad o salvación personal. ¡Ese salvarse con todo y zapatos de Unamuno!. Yo no quiero salvarme, y menos con zapatos. No creo en la salvación ni en la perduración. No creo en el yo, aunque lo padezco como un fantasma demasiado real que no logro exorcizar. Nuestra generación es la primera que anexa territorios espirituales ajenos a la tradición de Occidente. Por ejemplo, Rayuela termina en una interrogación que es budista o, más bien, taoísta… A mi el problema de la existencia de Dios no me interesa, porque Dios no me interesa como persona. Mi posición ni siquiera es atea. Es otra posición, y creo que mucha gente empieza a pensar igual. Cuando hablamos del pensamiento que nos piensa o de la creación artística o de disolver la oposición entre la conciencia y el inconsciente, todo se reduce a lo mismo: a la destrucción de la ilusión del yo.

La destrucción del yo, y por contrapartida, el fantasma del yo al que es difícil de exorcizar, está presente en toda la obra de Octavio Paz. Igualmente, son el silencio y las galerías de imágenes poéticas arcanas e inconscientes, los elementos sobre los que se pretende reconstruir la vacuidad. Pero es, finalmente, la libertad la que define al hombre, mientras su otredad, es la piedra angular sobre la que se identifica como un ser singular.

En la entrega del Premio Cervantes, Paz concluyó:

Con Cervantes comienza la crítica de los absolutos: comienza la libertad. Y comienza con una sonrisa, no de placer, sino de sabiduría. El hombre es un ser precario, complejo, doble o triple, habitado por fantasmas, espoleado por los apetitos, roído por el deseo: espectáculo prodigioso y lamentable. Cada hombre es un ser singular y cada hombre se parece a todos los otros. Cada hombre es único y cada hombre es muchos hombres que él no conoce: el yo plural. Cervantes sonríe: aprender a ser libre es aprender a sonreír.

Publicado en Octavio Paz: budismo y destrucción del yo – El Mono Gramático | Revista Iberoamericana de Cultura y Sociedad (elmonogramatico.com)

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